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Mi hijo va al psicólogo pero no mejora: cuando nada cambia en casa

Mi hijo va al psicólogo y no mejora. Es una frase que escucho algunas veces cuando unos padres llegan a consulta después de haber recorrido ya un camino largo.

Su hijo ha estado meses trabajando con un psicólogo. En ocasiones ha pasado por más de un profesional. Ha hablado de emociones, conducta, autocontrol o dificultades que preocupaban a la familia.

Y, sin embargo, en casa siguen ocurriendo prácticamente las mismas cosas.

Las discusiones se repiten. Cada límite termina en conflicto. El niño continúa explotando. Los padres siguen sin saber cuándo intervenir, cuándo dejar pasar, cuándo sostener un no o qué hacer cuando la situación empieza a escalar.

A veces me dicen:

«Ya no sabemos qué más hacer. Lleva tiempo yendo al psicólogo y seguimos igual».

Esto no significa necesariamente que la terapia anterior estuviera mal planteada ni que el profesional no haya realizado un buen trabajo.

Pero sí hay una pregunta que considero importante introducir:

¿Estamos intentando producir todo el cambio dentro del niño o hemos mirado también qué ocurre alrededor de él?

Porque una dificultad infantil no sucede únicamente durante la hora de consulta.

Sucede el lunes por la mañana cuando hay que salir al colegio.

El martes cuando toca apagar la pantalla.

El miércoles cuando hay deberes.

El jueves cuando escucha un no.

Y el domingo cuando lleva diez minutos discutiendo con su hermano y los adultos ya están agotados.

Por eso, en algunas situaciones, trabajar únicamente con el niño puede quedarse corto.

Mi hijo va al psicólogo y no mejora: ¿significa que la terapia ha fallado?

No necesariamente.

Antes de llegar a esa conclusión necesitamos preguntarnos qué esperábamos que cambiara, cuánto tiempo ha pasado, qué dificultad estamos tratando y qué tipo de intervención se está realizando.

No es lo mismo trabajar un miedo concreto que una dinámica familiar de discusiones repetidas. No es lo mismo acompañar un duelo que intervenir ante explosiones de conducta que aparecen principalmente en casa. Tampoco todos los niños necesitan el mismo tipo de ayuda.

Hay situaciones en las que el niño necesita claramente su propio espacio terapéutico.

Pero hay otras en las que resulta difícil pedirle que produzca él solo un cambio que forma parte de toda una secuencia de relaciones.

Imaginemos una situación sencilla.

Un niño ha aprendido en terapia estrategias para manejar el enfado.

Después llega a casa.

Su padre le pide que apague la consola.

El niño protesta.

El padre explica.

El niño insiste.

El padre vuelve a explicar.

El niño eleva el tono.

Aparece una amenaza.

El niño explota.

El adulto termina gritando.

Finalmente alguien cede o todos acaban enfadados.

El niño puede haber aprendido cosas útiles durante la terapia.

Pero el contexto en el que tiene que utilizar lo aprendido continúa funcionando exactamente igual.

En ese momento puede ser necesario ampliar el foco.

Una hora con el psicólogo puede ser importante, pero el cambio continúa fuera de la consulta

No me gusta plantear una oposición entre «trabajar con el niño» y «trabajar con los padres».

No son alternativas incompatibles.

Una sesión individual puede ser profundamente valiosa para un niño. Puede encontrar un espacio seguro, comprender mejor lo que siente, elaborar experiencias difíciles o aprender recursos que necesita.

Pero cuando la dificultad aparece fundamentalmente en las interacciones cotidianas, puede resultar poco realista esperar que todo el peso del cambio recaiga sobre aquello que el niño consigue hacer durante una hora semanal.

Entre una sesión y la siguiente ocurren decenas de situaciones reales.

Y en esas situaciones participan también los adultos.

Por eso, cuando trabajo con unos padres, me interesa comprender cuestiones como:

  • qué ocurre justo antes del problema;
  • cómo reaccionan los adultos;
  • qué han intentado ya;
  • qué suele hacer que la situación empeore;
  • qué ocurre los días en los que resulta más fácil;
  • cómo termina normalmente la discusión;
  • qué aprende cada miembro de la familia de esa secuencia.

No porque los padres sean culpables.

Sino porque los padres tienen algo muy importante: capacidad de influencia.

Trabajar con los padres no significa pensar que los padres son el problema

Esta aclaración es fundamental.

Cuando propongo trabajar inicialmente con los adultos, algunos padres pueden escuchar algo parecido a:

«Entonces la culpa es nuestra».

No.

Participar en el cambio no equivale a ser culpable del problema.

En una familia todos nos influimos.

Un niño muy impulsivo provoca respuestas diferentes que un niño tranquilo. Un niño que explota intensamente puede llevar a unos padres agotados a anticiparse constantemente, explicar demasiado, controlar más o acabar cediendo en situaciones en las que inicialmente querían sostener un límite.

Y esas respuestas adultas, a su vez, influyen en el niño.

No necesitamos decidir quién empezó.

Necesitamos descubrir dónde tenemos capacidad para introducir un cambio.

Trabajar con los padres significa aprovechar precisamente uno de los lugares desde los que es posible modificar la situación.

Qué dice la investigación sobre trabajar con los padres ante problemas de conducta

El trabajo con madres, padres y cuidadores no es simplemente una preferencia de determinados modelos de terapia.

En algunos problemas de conducta infantil existe evidencia que respalda las intervenciones dirigidas a los adultos.

Una revisión y metaanálisis publicada en Pediatrics en 2026 analizó ensayos clínicos sobre intervenciones psicosociales ante conductas disruptivas. Tanto las intervenciones dirigidas únicamente a padres como las intervenciones multicomponente, en las que participaban adultos y niños, se asociaron con una reducción de los problemas de conducta inmediatamente después del tratamiento en niños preescolares y escolares.

Los propios autores señalan también límites importantes: los resultados a largo plazo fueron menos consistentes y la evidencia disponible no permite concluir que una única modalidad de intervención sea siempre la mejor.

Metaanálisis sobre intervenciones psicosociales y conducta disruptiva infantil, Pediatrics.

Las recomendaciones NICE para determinados problemas oposicionistas y trastornos de conducta entre los 3 y los 11 años también incluyen programas específicos de trabajo con padres entre las intervenciones recomendadas.

Recomendaciones NICE sobre problemas de conducta en niños y adolescentes.

Esto no significa que «es mejor trabajar con los padres que con el niño».

Tampoco significa que cualquier problema infantil pueda abordarse únicamente a través de los adultos.

La conclusión es bastante más prudente:

en determinadas dificultades infantiles, intervenir con los padres puede formar parte central del tratamiento.

Cuando un niño ha pasado ya por varios psicólogos

Hay otra situación que he encontrado en mi experiencia profesional y que creo que merece atención.

Algunas familias llegan a consulta después de haber buscado ayuda en distintos momentos y con varios profesionales.

Lo han hecho intentando ayudar a su hijo.

Cuando algo no funcionaba o no encontraban los cambios que esperaban, buscaban otra valoración, otro psicólogo o una nueva forma de intervención.

Es comprensible.

Pero en algunos niños, especialmente cuando han vivido varios intentos terapéuticos, puede aparecer cansancio, resistencia o rechazo ante la idea de volver a empezar con otro profesional.

Pueden expresar:

«No quiero ir otra vez al psicólogo».

O pueden empezar a preguntarse:

«¿Qué me pasa?».

«¿Por qué siempre me llevan a mí?».

«¿Por qué soy yo el que tiene que cambiar?».

No afirmo que acudir a varios profesionales provoque necesariamente este efecto. Muchos niños viven sus procesos terapéuticos de manera positiva y necesitan atención individual.

Pero cuando aparece rechazo, antes de colocar inmediatamente al niño delante de un nuevo profesional puede ser útil detenernos y revisar:

  • qué tratamientos ha realizado;
  • qué objetivos se plantearon;
  • qué cosas sí le ayudaron;
  • qué se trabajó con los padres;
  • qué continúa ocurriendo en casa;
  • qué entiende el niño sobre el motivo por el que ha acudido a terapia;
  • qué aspecto de la situación todavía no hemos mirado.

A veces el siguiente movimiento útil no consiste en buscar inmediatamente otra consulta para el niño.

A veces podemos empezar sentándonos los adultos.

«Pero quien se porta mal es él»

Esta reacción también es comprensible.

Si un niño grita, pega, insulta, rompe cosas o desafía constantemente, unos padres pueden pensar:

«Entiendo que nosotros podamos mejorar cosas, pero quien hace esto es él».

Y hay una parte de verdad en esa afirmación.

Trabajar con los padres no significa eliminar la responsabilidad progresiva del niño sobre su conducta.

Un niño necesita aprender.

Necesita límites.

Necesita desarrollar regulación.

Y, a medida que crece, deberá asumir progresivamente más responsabilidad por aquello que hace.

Pero una pregunta es:

«¿Qué necesita aprender este niño?».

Y otra distinta es:

«¿Cómo podemos ayudarle a aprenderlo?».

En esa segunda pregunta aparecen inevitablemente los adultos.

Lo que puede cambiar cuando empezamos a trabajar con los padres

Trabajar con padres no consiste simplemente en entregar una hoja con pautas.

Necesito comprender la dinámica concreta de esa familia.

Puede que descubramos que los padres intentan explicar durante demasiado tiempo cuando el niño ya está completamente activado.

Puede que uno trate de sostener un límite mientras el otro interviene para evitar la explosión.

Quizá las amenazas hayan ido aumentando porque las primeras dejaron de funcionar.

O puede que el niño reciba muchísima atención cuando protesta y apenas reparemos en los momentos en los que colabora.

También puede ocurrir que los padres estén tan pendientes de corregir la conducta que hayan ido desapareciendo los momentos agradables de relación.

O podemos descubrir algo diferente: aquello que parecía únicamente un problema de límites necesita una valoración del aprendizaje, del desarrollo, del TDAH, de la ansiedad o de otra dificultad.

Por eso no se trata de aplicar una receta.

Se trata de comprender primero qué está ocurriendo.

Si las principales dificultades tienen que ver con oposición, explosiones emocionales, límites o convivencia, puedes conocer mi forma de trabajar en conducta infantil y crianza.

A veces el cambio sorprende al propio niño

Hay algo que me interesa especialmente del trabajo inicial con los padres.

El niño no siempre necesita recibir el mensaje:

«Hemos ido al psicólogo para que nos diga qué hacer contigo».

Los adultos pueden comenzar a hacer determinados cambios porque los han comprendido y decidido.

Y entonces puede ocurrir algo interesante.

El niño protesta esperando una discusión de diez minutos.

Pero la discusión no aparece.

Espera cinco explicaciones.

Recibe una.

Espera una amenaza.

Encuentra un límite más tranquilo.

O espera una corrección inmediata y el adulto, esta vez, consigue escuchar antes de responder.

El escenario que conocía ha cambiado.

Cuando cambia una parte de una interacción, la otra persona ya no se encuentra exactamente ante la misma situación.

Eso no significa que el niño vaya a cambiar inmediatamente.

Incluso puede aumentar temporalmente la protesta ante una respuesta nueva.

Pero ya no estamos esperando que todo el movimiento proceda de él.

No siempre hay que sacar al niño de terapia

Este artículo tampoco pretende defender esa idea.

Hay niños que necesitan claramente un trabajo individual.

Puede resultar especialmente importante cuando existe sufrimiento emocional significativo, ansiedad intensa, dificultades relacionadas con el estado de ánimo, experiencias traumáticas, autolesiones, problemas del desarrollo u otras necesidades que requieren una valoración específica.

En muchas situaciones, además, puede resultar adecuado combinar distintos niveles de intervención.

El trabajo puede incluir al niño, a los padres, a la familia, al colegio o a otros profesionales dependiendo del problema.

La pregunta no debería ser:

«¿Niño o padres?».

La pregunta debería ser:

«¿Dónde necesitamos intervenir para que este niño y esta familia puedan avanzar?».

Cómo saber si necesitamos ampliar el trabajo hacia los padres

No existe una regla que sirva para todas las familias, pero hay algunas situaciones en las que considero especialmente útil valorar esta posibilidad:

  • el niño lleva tiempo en tratamiento pero los mismos conflictos continúan repitiéndose en casa;
  • la dificultad aparece fundamentalmente con sus padres y mucho menos en otros contextos;
  • los adultos sienten que ya no saben cómo responder;
  • cada límite termina convirtiéndose en una negociación, amenaza o lucha de poder;
  • los adultos responden de maneras muy diferentes y esto aumenta la tensión;
  • el niño rechaza continuar o volver a acudir a terapia;
  • la convivencia familiar está girando casi completamente alrededor del comportamiento del niño;
  • los padres llevan tiempo esperando que el profesional consiga que su hijo cambie y se sienten cada vez más impotentes.

En esas situaciones puede resultar útil introducir una pregunta nueva:

«Mientras ayudamos a nuestro hijo, ¿qué podemos empezar a hacer nosotros de otra manera?».

No se trata de convertir a los padres en terapeutas

Los padres no tienen que analizar permanentemente a sus hijos.

No tienen que aplicar técnicas psicológicas durante todo el día.

Ni necesitan convertirse en expertos en conducta infantil.

De hecho, uno de los riesgos cuando una familia lleva mucho tiempo preocupada por un niño es que toda la convivencia empiece a organizarse alrededor del problema.

Se observa.

Se corrige.

Se pregunta.

Se anticipa.

Se recuerda.

Se evalúa constantemente si ha mejorado.

Y el niño puede terminar sintiendo que vive bajo una lupa.

El objetivo del trabajo con los padres puede ser precisamente el contrario:

recuperar una relación en la que no todo sea intervención.

Volver a jugar.

Hablar de otras cosas.

Disfrutar juntos.

Poner un límite sin impartir después una conferencia de veinte minutos.

Y conseguir que el problema ocupe el espacio que le corresponde, sin convertirse en toda la identidad del niño ni en toda la vida de la familia.

Mi forma de trabajar cuando una familia llega después de otros tratamientos

Cuando recibo a unos padres cuyo hijo ya ha trabajado anteriormente con uno o varios psicólogos, no parto de la idea de que todo lo anterior haya fracasado.

Me interesa saber qué se hizo.

Qué cosas ayudaron.

Qué aprendió el niño.

Qué aprendieron los adultos.

Qué sigue ocurriendo.

Y, sobre todo:

qué no hemos mirado todavía.

En algunos casos consideraré importante que el niño continúe o retome una intervención individual.

En otros podemos empezar trabajando con los padres.

Y en otros será conveniente combinar ambas cosas.

Mi enfoque es sistémico: no observo al niño como una pieza aislada, sino dentro de las relaciones y contextos en los que vive.

Si queréis empezar revisando qué podéis hacer vosotros como adultos y cómo está funcionando actualmente la dinámica familiar, podéis conocer mi propuesta de acompañamiento a padres en Málaga y online.

A veces la pregunta no es qué más necesita hacer el niño

Cuando un hijo tiene dificultades, es natural querer buscar ayuda para él.

Y me parece positivo que acudir a un psicólogo infantil sea hoy una posibilidad más normalizada para muchas familias.

Pero pedir ayuda no significa necesariamente colocar siempre al niño en el centro de toda la intervención.

A veces puede necesitar su propio proceso.

A veces necesitamos trabajar juntos.

Y otras veces, el primer movimiento puede empezar en los adultos.

Porque si un niño sale de una sesión y vuelve cada semana al mismo patrón de interacción, puede resultar muy difícil pedirle que sea él quien consiga modificarlo todo.

No siempre necesitamos preguntarnos:

«¿Qué más podemos hacer para que cambie?».

En algunas familias, la pregunta que abre una posibilidad diferente es:

«¿Qué podemos cambiar nosotros alrededor de él para ayudarle a cambiar?».

Sobre mi forma de trabajar con niños, padres y familias

Soy Rosa Cambronero, psicóloga y terapeuta familiar sistémica en Málaga.

Trabajo con madres y padres ante dificultades relacionadas con la conducta infantil, los límites, las explosiones emocionales, la convivencia y las relaciones familiares.

En muchas consultas con niños de aproximadamente 6 a 12 años planteo comenzar con los adultos para comprender qué está ocurriendo y decidir después si resulta necesario incorporar al niño o trabajar también con otros miembros de la familia.

Mi objetivo no es buscar culpables ni asumir que todos los problemas infantiles se resuelven modificando la conducta de los padres.

Busco comprender qué necesita ese niño y dónde existe capacidad real de cambio dentro de su entorno.

Participar en el cambio no equivale a ser culpable del problema.

Preguntas frecuentes si tu hijo va al psicólogo pero no mejora

¿Es normal que mi hijo lleve meses en el psicólogo y no veamos cambios?

Depende del motivo de consulta, de los objetivos, del tipo de intervención y del tiempo necesario para trabajar la dificultad. Los avances tampoco tienen por qué ser lineales. Sin embargo, si no observáis ningún cambio o no tenéis claro qué se está trabajando, es razonable revisar los objetivos con el profesional y valorar si es necesario incorporar a los padres, modificar el enfoque o realizar una nueva valoración.

¿Puede un psicólogo trabajar con los padres sin ver inicialmente al niño?

En algunas consultas relacionadas con conducta y crianza puede comenzarse trabajando con los padres. Esto no significa que nunca sea necesario conocer o intervenir directamente con el niño. El formato debe decidirse según el problema, la edad, el contexto y las necesidades de cada familia.

¿Trabajar con los padres significa que somos responsables de la conducta de nuestro hijo?

No. Participar en el cambio no equivale a ser culpable del problema. Los padres forman parte del entorno más importante del niño y, por ello, también pueden introducir cambios que faciliten respuestas diferentes y mejoren la convivencia.

¿Qué hacemos si nuestro hijo ya no quiere ir a otro psicólogo?

Antes de iniciar inmediatamente otro proceso puede ser útil comprender de dónde procede ese rechazo, revisar las intervenciones anteriores y valorar si inicialmente puede trabajarse con los adultos. Dependiendo de la edad y de la dificultad, posteriormente se decidirá si el niño necesita participar directamente.

¿Cuándo es importante que el niño tenga su propia terapia?

Puede ser necesaria cuando el niño necesita un espacio específico para trabajar dificultades emocionales, ansiedad significativa, estado de ánimo, experiencias traumáticas, problemas del desarrollo u otras necesidades individuales. También puede ser adecuado combinar el trabajo individual con intervención parental o familiar.

¿Puede funcionar trabajar solo con los padres ante problemas de conducta?

En determinados problemas de conducta infantil existen intervenciones dirigidas a los padres que cuentan con evidencia. Eso no significa que sean suficientes para todos los niños ni que sustituyan siempre el trabajo individual. La decisión debe depender de las características de la dificultad y de cada familia.

¿Y si no sabemos si debería acudir nuestro hijo o nosotros?

No necesitáis decidirlo antes de consultar. Una primera valoración puede ayudar a determinar si el mejor punto de partida es trabajar con el niño, con los padres, con varios miembros de la familia o combinar distintas formas de intervención.

Rosa Cambronero

“Soy Rosa Cambronero, psicóloga (n.º colegiada AO-14013), especializada en terapia familiar y de pareja, y desde 2007 acompaño a familias que están pasando por separaciones complicadas, problemas de comunicación con los hijos y situaciones de estrés emocional.”