Después de acompañar a más de 100 familias en momentos difíciles, hay algo que tengo cada vez más claro: dos familias pueden llegar con problemas aparentemente parecidos y necesitar caminos completamente diferentes.
He trabajado con padres que ya no sabían cómo hablar con su hijo adolescente, parejas atrapadas en discusiones que se repetían una y otra vez, familias reorganizándose después de una separación y madres o padres convencidos de que habían probado absolutamente todo.
La formación me ha dado modelos, preguntas y herramientas. Pero la experiencia con las familias me ha enseñado algo igual de importante: antes de intentar cambiar una situación, necesito comprender qué sentido tiene lo que está ocurriendo para las personas que la están viviendo.
Estas son algunas de las cosas que he ido aprendiendo por el camino.
1. He aprendido a no buscar demasiado rápido quién tiene la culpa
Muchas familias llegan a consulta con una explicación bastante clara de lo que ocurre:
“El problema es que nuestro hijo no respeta nada.”
“Mi pareja nunca me escucha.”
“Desde que llegó la adolescencia, todo ha cambiado.”
Y muchas veces esas descripciones contienen una parte importante de la realidad.
Pero si me quedo únicamente en quién está haciendo algo mal, puedo perder de vista algo esencial: qué ocurre entre los miembros de la familia para que determinados problemas se repitan una y otra vez.
Un padre aumenta el control porque está preocupado. El adolescente lo vive como desconfianza y se distancia. Cuanto más se distancia, más preocupado está el padre y más intenta controlar.
Al cabo de un tiempo, ambos pueden estar haciendo exactamente aquello que mantiene el problema aunque ninguno quiera que la relación funcione así.
Esa es una de las aportaciones que más valoro de la mirada sistémica: dejar de preguntar solamente “quién tiene el problema” para empezar a observar “qué está pasando entre nosotros”.
2. He aprendido que detrás de una conducta puede haber algo que todavía no estamos entendiendo
Una puerta cerrada puede parecer rechazo.
Una mala contestación puede parecer desafío.
Un silencio puede parecer indiferencia.
Un padre que pregunta constantemente puede parecer controlador.
Pero una de las cosas que he aprendido es a no detenerme demasiado rápido en la conducta visible.
Detrás puede haber miedo, cansancio, necesidad de autonomía, preocupación, sensación de no ser comprendido, frustración o simplemente una forma de relacionarse que se ha ido construyendo con el tiempo.
Comprender lo que hay detrás no significa justificar cualquier comportamiento.
Un adolescente puede estar profundamente enfadado y seguir necesitando un límite si insulta. Un padre puede tener mucho miedo por su hijo y, al mismo tiempo, necesitar revisar si su forma de intentar protegerlo está aumentando la distancia.
Para mí, entender no significa permitir. Significa intervenir con más información y menos juicio.
3. He aprendido que escuchar a todos no significa dar la razón a todos
En una familia puede haber versiones muy diferentes de una misma historia.
Los padres pueden sentir:
“Hacemos todo por él y nos rechaza.”
Mientras que el hijo puede decir:
“Nunca me escuchan. Solo me dicen lo que hago mal.”
Las dos experiencias pueden existir al mismo tiempo.
Mi función no es decidir rápidamente quién tiene razón ni convertirme en aliada de uno frente al otro.
Necesito comprender qué está viviendo cada persona, qué necesita y cómo las respuestas de unos están influyendo en las respuestas de los demás.
Por eso, una parte importante de mi forma de trabajar consiste en que cada miembro pueda sentir:
“Aquí también se está intentando entender mi parte de la historia.”
4. He aprendido que la adolescencia no transforma solo al hijo
La adolescencia exige cambios a toda la familia.
El hijo necesita más autonomía, intimidad y capacidad para tomar decisiones.
Y los padres tienen que hacer algo extraordinariamente difícil: seguir cuidando y poniendo límites mientras empiezan progresivamente a soltar.
Ahí aparecen muchas preguntas:
- ¿Hasta dónde debo controlar?
- ¿Cuándo tengo que dejarle decidir?
- ¿Qué hago si no me cuenta nada?
- ¿Estoy respetando su intimidad o me estoy desentendiendo?
- ¿Cómo pongo un límite sin que acabemos otra vez discutiendo?
Con el tiempo he aprendido que muchos conflictos de esta etapa no pueden entenderse mirando únicamente al adolescente.
También necesitamos comprender cómo está intentando adaptarse la familia a que aquel niño que necesitaba unas cosas empiece a necesitar otras.
Cuando las dificultades propias de esta etapa empiezan a afectar seriamente al bienestar o la convivencia, puedes conocer también cómo trabajo en terapia para adolescentes en Málaga.
5. He aprendido que los padres también pueden empezar el cambio
Esta es probablemente una de las ideas que considero más importantes.
Muchas familias llegan pensando:
“Cuando nuestro hijo cambie, estaremos mejor.”
Y es comprensible.
Si el hijo grita, se encierra, incumple normas, no estudia o rechaza cualquier conversación, parece lógico pensar que la solución depende de conseguir que deje de hacerlo.
Pero he visto muchas veces que no necesitamos esperar a que todos los miembros de una familia estén preparados para empezar a modificar una dinámica.
Los padres pueden revisar:
- cómo están poniendo determinados límites,
- qué ocurre justo antes de las discusiones,
- qué respuestas aumentan el enfrentamiento,
- cuándo es mejor hablar y cuándo es mejor esperar,
- qué están interpretando como desafío o rechazo,
- y qué pequeñas cosas podrían hacer de otra manera.
Esto no significa responsabilizar a los padres de todo lo que ocurre.
Significa recuperar una pregunta mucho más útil:
“Dentro de todo esto que no puedo controlar, ¿qué sí puedo empezar a hacer diferente?”
Por eso, en algunas situaciones el trabajo puede comenzar directamente con los padres desde el acompañamiento familiar, incluso cuando un hijo todavía no quiere participar.
6. He aprendido a no ir demasiado rápido
Cuando alguien pide ayuda, existe una tentación comprensible: buscar cuanto antes la solución.
Pero una familia que lleva meses o años atrapada en una dinámica difícil no siempre necesita que alguien llegue desde fuera y le diga en veinte minutos lo que tiene que hacer.
Primero necesito entender.
Qué han intentado.
Qué ha funcionado alguna vez.
Qué significa el problema para cada persona.
Qué temen que ocurra.
Y qué están intentando proteger con algunas conductas que, vistas desde fuera, pueden resultar difíciles de comprender.
Una de las cosas que la experiencia me ha enseñado es que dar una solución demasiado pronto puede cerrar conversaciones que todavía necesitaban ser escuchadas.
7. He aprendido que un pequeño cambio puede abrir una posibilidad nueva
No todas las intervenciones necesitan ser grandes.
A veces trabajamos cosas aparentemente pequeñas:
- formular una petición sin añadir cinco reproches anteriores,
- esperar a que baje la tensión antes de continuar una conversación,
- volver a acercarse después de una discusión,
- dejar de repetir una pregunta cuando el adolescente ya ha dicho que ahora no quiere hablar,
- dedicar unos minutos a estar juntos sin hablar del problema,
- o sustituir una acusación por una pregunta diferente.
Ninguna de estas acciones es una solución mágica.
Pero cuando una familia lleva mucho tiempo repitiendo exactamente la misma secuencia, hacer algo ligeramente diferente puede generar una respuesta diferente.
Y a veces eso es suficiente para empezar a mover una situación que parecía completamente bloqueada.
8. He aprendido a buscar también lo que todavía funciona
Cuando una familia llega a consulta, suele tener perfectamente identificado todo lo que va mal.
Las discusiones.
Los silencios.
Las malas contestaciones.
Los límites que no funcionan.
La distancia.
Pero desde un enfoque centrado en soluciones también me interesa descubrir las excepciones.
Pregunto:
- ¿Cuándo discutís un poco menos?
- ¿En qué momentos vuestro hijo sí se acerca?
- ¿Qué hacéis diferente esos días?
- ¿Qué problema habéis conseguido resolver en el pasado?
- ¿Qué sigue funcionando bien a pesar de todo?
Porque incluso dentro de familias muy desgastadas suele haber recursos, momentos de conexión o respuestas que todavía funcionan.
Encontrarlos no significa minimizar el problema.
Significa descubrir desde dónde podemos empezar a construir.
9. He aprendido que reparar también forma parte de una relación
Los padres se equivocan.
Los hijos se equivocan.
Los terapeutas también podemos equivocarnos.
Una relación segura no es aquella en la que nunca existe conflicto, sino también aquella en la que puede haber reparación después.
En casa puede significar decir:
“Ayer estaba muy enfadado y te hablé de una forma que no me gusta. Lo que quería decirte sigue siendo importante, pero podría haberlo hecho de otra manera.”
Pedir perdón no elimina un límite ni hace perder autoridad.
A veces permite algo mucho más importante: demostrar que después de un conflicto la relación puede continuar.
10. He aprendido que detrás de muchas familias “difíciles” hay personas agotadas
Hay padres que llegan convencidos de que lo están haciendo todo mal.
Adolescentes que llevan meses sintiendo que todo lo que hacen decepciona a alguien.
Parejas que ya no saben cómo hablar sin terminar defendiendo heridas antiguas.
Y familias que llevan tanto tiempo intentando solucionar un problema que han terminado organizando casi toda su convivencia alrededor de él.
En muchas de esas situaciones, antes de buscar grandes respuestas, necesitamos reducir un poco la tensión y recuperar suficiente seguridad para poder pensar.
Una familia no necesita ser perfecta para empezar a estar mejor.
Lo que me han enseñado más de 100 familias
Cada familia con la que he trabajado me ha obligado a ampliar mi forma de mirar y a recordar que no existen dos historias exactamente iguales.
He aprendido a desconfiar de las explicaciones demasiado sencillas.
A escuchar antes de proponer.
A mirar las relaciones además de las conductas.
A buscar recursos además de problemas.
Y, especialmente, a no asumir que porque una familia lleva mucho tiempo funcionando de una determinada manera tenga que seguir haciéndolo igual.
Incluso cuando una familia siente que ya lo ha intentado todo, todavía podemos empezar preguntándonos qué pequeña cosa podría hacerse diferente.
Cómo trabajo con las familias en Rosaterapia
Mi forma de trabajar parte de una mirada sistémica y centrada en soluciones.
Eso significa que no me interesa únicamente identificar qué está haciendo mal una persona, sino comprender cómo se está construyendo el problema dentro de las relaciones y qué cambios pueden empezar a modificar esa dinámica.
Dependiendo de la situación, el proceso puede incluir a distintos miembros de la familia en momentos diferentes.
En algunos casos trabajamos conjuntamente. En otros puede ser útil comenzar con los padres. Y en determinadas situaciones el foco estará especialmente en un niño o adolescente y en cómo el contexto familiar puede acompañarle.
Si quieres conocer con más detalle este enfoque, puedes consultar mi servicio de terapia familiar.
Y si lo que necesitas es empezar tú a introducir cambios en casa aunque tu hijo u otro miembro de la familia todavía no quiera participar, puedes conocer el acompañamiento familiar.
Una última idea
Después de acompañar a más de 100 familias, no creo en una frase que sirva para todas ni en una técnica capaz de resolver cualquier conflicto.
Sí creo en algo mucho más concreto: comprender bien qué está ocurriendo, descubrir qué recursos conserva esa familia y empezar a modificar aquello que todavía está en nuestras manos cambiar.
A veces el cambio empieza con una conversación diferente.
Otras veces empieza con un límite diferente, una pregunta diferente o una respuesta diferente ante el mismo conflicto de siempre.
Y muchas veces, antes de cambiar nada, empieza simplemente por conseguir que todos puedan volver a sentirse escuchados.
Rosa Cambronero
“Soy Rosa Cambronero, psicóloga (n.º colegiada AO-14013), especializada en terapia familiar y de pareja, y desde 2007 acompaño a familias que están pasando por separaciones complicadas, problemas de comunicación con los hijos y situaciones de estrés emocional.”


